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Nombre: José Ernesto Becerra Golindano
Ubicación: Táriba, Táchira, Venezuela

Blog elaborado y/o administrado por este Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales (UCABET, 1979), residenciado en Táriba, Municipio Cárdenas del Estado Táchira, en la República Bolivariana de Venezuela. Carrera 5 Nº 5-30, Tlfs. 0424 753 4227, y 58-276-3943720. joseernestobecerra@gmail.com y en twitter @joseernestob

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20060309

Vicente Elias Moncada


VICENTE ELIAS MONCADA

O EL DOLOR DEL OLVIDO


Era un egoísta que no se
ocupaba sino de los demás.
Joubert.
La ilusión suele a veces ser cruel con el hombre que la sustento. El mar de sueños con que nacen determinados artistas, en muchos oportunidades deviene en continentes de nostalgia, amargura y dolor. Como la vida es tan compleja, tan extraña, posee para cada sujeto un destino diferente1 aun cuando tarde a veces en manifestarse.
Con el fino poeta tachirense Vicente Elías Moncada, algo de lo anteriormente expresado, le ha sucedido. De joven en su Táriba luminosa, regalaba a todos los comarcanos el don de su preciosa poesía. En noches de tibia bohemia levantaba su verbo coma una revelación de imágenes inesperadas, de sentidas metáforas, y lo iba repartiendo de boca en boca, como un aguinaldo de alegrías. Los años de adolescencia vividos tan intensa y poéticamente, le crearon cierto prestigio, no ya sólo en Táriba, sino en todo el Estado Táchira. Llegó incluso a ocupar el cargo de Registrador Principal de su ciudad natal. Durante esos años leyó mucho, captó maravillosamente cuanto se propuso aprender. De rápido ingenio y talento seguro, buscó en todos los ámbitos de la cultura, lo que más y mejor convenía a su sensibilidad. Su mayor hermandad espiritual fue con los poetas. Leyó a Rubén Darío y a Leopoldo Lugones, hasta llegar casi a convertirse en un poeta lugoniano.
Muchos otros autores contemporáneos a su vida adolescente le fueron familiar es. Su natural imaginación fue así dilatándole y madurándole en sentimientos el corazón. Ya se le conocía por antonomasia como “el poeta”. Hombre de tan tiernos sentidos como los que nacieron con Vicente Elías Moncada, fue doliéndose de cuanto veía o presentía, descubriendo la escondida espalda de cada cosa virgen como un sueño de niño. De piel desnuda al claro aire de la montaña recibió su impacto gozoso e impenitente, que luego extravertió en su poesía.

Cuando ya su personalidad no tenía nada más que pedirle a su radiante ciudad montañesa, la emprendió hacia la Capital con su liviano fardo de ensueños. La pupila briosa del tachirense sensible, fue acomodándose al nuevo espectáculo y buscando los hilos de amistades afines a su espíritu, muchas de ellas conocidas desde su inquietud tranquila de provin

cia. Por todos lados se le acogió con cariño y aprecio. Se supo estimar la alta espiga de su ideal poético. Se le invitó al regazo donde solían morar los poetas de entonces, en su totalidad, futuros grandes poetas. Eran todas gentes a quienes al correr de os años, se les conocería e identificaría como la generación del 18 ó 20. Para esos días, Vicente Elías Moncada era un joven apuesta e impecable en el vestir. Si no donjuanesco, por lo menos hombre pulcro, celoso de su personalidad exterior. Se le veía en todas los reuniones con su prodigiosa cabeza lírica. Poseía simpatía personal y mucho don de gentes. No era de las personas que se prodigan demasiado en el verso. Era parco en el escribir; pero cada poema que entregaba, estaba presidido por la perfección. cuidaba mucho del buen decir, no obstante la natural delicadeza con

que vino a este mundo, comenzó a sentir la nostalgia de su lejano rincón andino, que expresó en su poema titulado “Bruma”.
Este primer encuentro con la ausencia no logró vencerlo, sino más bien le estimuló en el ejercicio poético. Participante de las peñas literarias, dejaba escuchar en ellas el eco sonoro y armonioso de su verbo. Con modestia infinita recitaba el soneto que había escrito la noche anterior, sin pretensión alguna de inmortalidad. Le bastaba con saber que sentía hondamente cada cosa que llevaba al papel. Como era sincero consigo mismo, al mismo tiempo lo era con sus contertulios. Cada día crecía más el entusiasmo por su obra literario, que daba a conocer a través de “El Nuevo Diario”, o “El Heraldo”, redacciones donde era familiar y querida

su estampa humana y sencilla. Durante esos tiempos hizo gran amistad con Don Laureano Vallenilla Lanz, quien le acogió cariñosamente en las páginas del periódico que dirigía; así como con Carlos Elías Villanueva. Igual cosa sucedía con los otros diarios, donde solía publicar no muy a menudo su poesía. Como poeta esencial que era Moncada, sólo de escribir se ocupaba. Entre la alegría de su vida espiritual, solía asomarse de pronto el ojo de la inconformidad y la nostalgia, que el Poeta revelaba en sus versos. De ese tiempo es el soneto “Cabe el Surtidor”.

Compañero de Rodolfo.Moleiro, Jacinto Fombona Pachano Enrique y Julio Planchart, Luís Barrios Cruz, Emilio Menotti Spósito, Alejandro Fernández García, Miguel Villasana y demás poetas contemporáneos a su vida, supo de un recital que le organizaron en el Teatro “Capitol, sitio donde se hacían actos culturales diversos. Aquel día estuvo de fiesta el p

oeta. Una inquietud terca angustiaba sus palabras. Pensaba en la importancia y en el compromiso que aquel recital implicaba para con el público asistente. Al fin llegó el ansiado momento. Todos sus compañeros y extraños estaban allí para escuchar la voz del poeta. La presentación estuvo a cargo del fino y genuino Jacinto Fombona Pachano, quien dijo palabras de gran cariño, serenidad y justicia sobre Vicente Elías Moncada. Le exaltó con ese temblor que supo poner Fombona Pachano en su palabra y en su poesía. Como creía en la verdad del poeta que presentaba, la hizo sentir al público asistente. Luego surgió la vera efigie de Moncada, tarda, impecable, estremecida. Recitó bellas cosas que todos aplaudieron y gustaron. Aquel acto cultural fue como la consagración del poeta, su más inmediata y máxima aspiración. El éxito fue compartido con sus compañeros de grupos y las horas nocturnas

fueron testigos de la cordialidad y reconocimiento que les merecía el bardo tachirense.
Durante esos tiempos escribió un bello poema, titulado “Mariposa de Invierno”, al cual puso música el compositor Moisés Moleiro, composición que escuchamos cantar siempre a los orfeos venezolanos. Es una de las canciones más sentidas que posee el acervo musical nuestro, cuyo prestigio ha llegado hasta el exterior. Moleiro supo sentir con el poeta Moncada, la revelación de cada estrofa. Para ese entonces escribió también otros poemas, que aún se pueden repetir emocionadamente, entre ellos, el titulado “Esplín”.

Desde ese tiempo comenzó a sentir el poeta Moncada, que algo se le escapaba de su mente; la memoria. La fría mano de una amnesia parcial, empezaba a minarle, no sólo el recuerdo, sino también su corazón. Desde ese momento fue como apartándose de tod

os sus compañeros, como escondiéndose en si mismo, como escapándose de la mirada ajena. Fueron horas duras, sordas, mezquinas. El mismo poeta Moncada creyó en una posible locura. Los naturales problemas de su alma se tornaron más intrincados, más inexplicables, y empezó a olvidarse de si mismo. Entonces escribió su soneto “Abismo”, en el cual quiso explicar parte del mal que le estaba royendo sus sentidos.
Es este un soneto autobiográfico, a través del cual quiso explicar Vicente Elías Moncada, las terribles circunstancias anímicas que conllevaba tan conscientemente. Dolorosa verdad, angustiosa, humana. Fue casi el principio de su fin poético, a tan temprana edad de su vida. Con él se enmudecía uno de los más finos poetas de su época, cualidad reconocida unánimemente.
Cierto: alto poeta Vicente Elías Moncada, a quien la desmemoria

le tragó la expresión de su más tierno y hondo decir.


Hoy aún vive silencioso, descuidado en el vestir, monologante, tranquilo ante la muerte. Su nariz se ha tornado aguileña, muy aguileña; su vientre se ha duplicado, su mirada se ha desvanecido; algo de torpe temblor golpea sus manos y el sol de la poesía que le gusta, no se enciende para que él la escriba. Como ayer y como siempre, sigue aferrado al libro, preguntándole con ternura, cuanto debe decirle. De sonrisa espontánea, de andar inseguro, de hablar precipitado y suave, casi temeroso. Bondadoso como un sacristán de aldea, no tiene reproches para nadie, ni silencios maledicentes. Hoy como ayer, vive en poeta. Los años le han tratado mal, muy mal. Cuando apenas cruza la cincuentena, parece como si tuviera más de se

tenta. Algo de ancianidad prematura se descubre en su semblante como el de un cristo descuidado. Desde su escondite en la Biblioteca del Congreso Nacional, sigue viendo todo cuanto ocurre en su Patria. Desde el misterio de su vida, que a muy escasos revela, vive con nobleza y convencimiento del olvido, pero si nadie lo recuerda, él tiene tiempo y espacio para hablar de sus amigos de ayer, muchos de los cuales han de suponerlo incluso muerto. Su vivienda es una extraña vivienda que muy pocos conocen. Es tan rara su existencia que ha creado cierto encanto de leyenda en algunas gentes. En una oportunidad nos decía el portero de un Ministerio, que ese señor con quien íbamos, era un viejo riquísimo, que llevaba las ‘morocotas” soldadas a sus pantalones. Tal vez es ésta una leyenda misericordiosa, para evitar que se vaya a apedrear al poeta en una determinada circunstancia, porque la riqueza crea cierto fetichismo popular. Pero la verdad es que Vicente Elías Moncada sigue tanto o más pobre que antes

, aun cuando sí, dueño de una hermosa riqueza espiritual y habitante del gran palacio de sus sueños. Cuantos le vean discurrir por las calles caraqueñas, pueden suponerse que se trata de un pordiosero, pues su vestimenta parece una flor ajada. Si no fuese porque traduce un aire de superioridad en su semblante, daría la sensación más lastimosa de la vida. Milagro del espíritu, que permite alguna distinción a quienes lo llevan dentro de sí como una luz inextinguible.
Abogado de la república, graduado en 1940 en nuestra Universidad Central, nunca ha ejercido otra profesión que la de sus sueños, angustias y añoranzas espirituales. Ni siquiera se acuerda de quienes fueron sus compañeros de promoción, tan sólo retiene, y eso con dudas, el año de su graduación, cuando ya el poeta era un hombre maduro. La profesión de abogado en Moncada, sólo le ha servido para destacarle su humildad, y nada más. Si no fues

e por cierta altivez que le ha otorgado su cuidadoso cultivo del alma, bien se podría confundir al poeta con un mendigo que nada pide, sino que da, en cambio, la hermosa ilusión que nace de su tierno corazón de artista. Poeta de la memoria recobrada y de la esperanza, su esperanza, náufraga en el alegre transitar de la vida ajena.
Desde cuando conocimos al poeta, siempre nos acercamos para saludarle, para saber del escondido discurrir de su vida. Ninguna de las veces que le hemos visitado, lo encontramos con las manos vacías: siempre sostiene entre ellas un libro, una revista,

un periódico. Casi no deja oportunidad para el diálogo con su interlocutor, por no apartar sus ojos de la lectura, la que se convierte en Moncada en una fuga, en un escape de la tremenda realidad que le envuelve como un torbellino interminable. Esta preocupación permanente por leer, por informarse, le mantiene al día de cuanto ocurre en el escenario de la literatura venezolana. Conversa con emoción y cabal conciencia de autores y de libros, de poemas sueltos y artículos de prensa. La permanente soledad donde habita comúnmente Moncada, le permite un amplio conocimiento de nuestro diario acontecer intelectual.
No obstante su indumentaria y dejo físico, conserva un rostro un si es

no es optimista y una dulce sonrisa que no ha podido destruirle ni el dolor ni el tiempo. Sonríe —sus mandíbulas se desacostumbraron desde hace largos años a la risa— como un niño a quien se entrega un regalo navideño. Camina con dificultad, no tanto por los años, sino por los tremendos sinsabores que le ha ocasionado su vida; sinsabores que han provocado sobre su noble estancia corporal, no sólo una tarda humanidad, sino también una flagrante comparsa de amores rotos, de hondas querencias truncas. Como un despacioso y anónimo solitario discurre por las aglomeradas calles caraqueñas, donde se mueve como un ser de otra época y de un mundo distinto; lejos ya de ambiciones horizontales, sino inmerso en

su apagada verticalidad soñadora; hundido en el arcoiris de la ilusión. No obstante esta realidad aparente, el Dr. Vicente Elías Moncada es un ser, a fuer de distinto, tan real como las otras gentes; sólo que con un corazón más dulce, más lleno de congojas y envuelto por un hondo sentimiento poético y una modesta, humilde carne transitoria.
No pretendemos rescatar del olvido que hoy preside la vida del poeta Vicente Elías Moncada. Tan sólo nos ha animado a escribir este bosquejo sobre su existencia, el deseo de llevar hasta su alojamiento, donde tan sólo se escucha el rumor de su palabra —porq

ue el poeta tiene cierto pudor de hablar recio—, la simpatía que nos ha inspirado su poesía y el doloroso conocimiento de su sorda existencia.
Si no ha sido muy extensa la poesía escrita por Moncada, posee, en cambio, una gran belleza y una espontánea sonoridad interior. Su verso bien merece el recuerdo y la gratitud de sus compatriotas, por la sinceridad, el desinterés y el alto vuelo lírico que signan el contenido de su poesía. Vicente Elías Moncada, a la par que un poeta genuino, es un hombre olvidado, y ambas expresiones de su ser, coinciden en la fe y el amoroso desprendimien

to con que siente a su Patria.

José Cañizales Márquez.

Caracas, 1959.

Tomado de “La Parábola de la Fuente”, BATT, Nº 34, 1963

La Parábola de la Fuente
(Vicente Elías Moncada, Táriba 1915)

I

El sol abría a lo lejos,

-como un estuche de sangrientas fraguas-,
el gemario ideal de sus reflejos,
y quebraba su lumbre en los espejos
luminosos y tersos de las aguas.


Era la hora en que sublima y canta

la apoteosis de la luz, el día!
Hora en que el fuego de la Tierra Santa
entre los hornos del confín. hervía...

II
En un recodo del camino estrecho,
desgreñados y atónitos y mudos,
tres niños descansaban sobre el lecho
de unos troncos añosos y desnudos.


Un tinte de violeta.
esponjado en los labios ateridos,
aquel enigma de emoción secreta
dejaba traducir a los sentidos.


Tenían sed.


Y la cuesta era muy ruda...
El áspero camino era muy largo...
No venían unas manos en su ayuda...
Y ya la muerte -
-en actitud señuda –
les daba el néctar del postrer letargo.

III

De pronto, en las quietudes del ramaje
hubo un sacudimiento de canciones,
un romántico y trémulo desgaje
de cadencia, disuelta en homenaje
sobre aquellos inermes corazones.

Por los blancos caminos de Samaria,
de aquel terruño bíblico y divino,

descendiendo la cuesta solitaria,
un hombre apareció.


Era el Rabino.

Traía las sandalias desgarradas.
la cabellera suelta sobre el hombro,

y una muda pregunta en las miradas
de tristeza, de apóstrofe y de asombro.

Sus pasos redentores
encaminé hacia el sitio donde estaban
devorando capullos los dolores;
y granes y dolientes reposaban

aquellos pequeñuelos

que caricias y bálsamos y amores
querían desprender del cortinaje
majestuoso y arcano de los cielos.


Como un esmalte de cristal celeste

su mirada bañó las lejanías,
la faz rugosa del camino agreste,
los sauces grises y las peñas frías.


Después. su mano suave
acaricié las blondas cabelleras,
como acaricia la canción del ave
el mutismo floral de las praderas.


Y al mirar la llanura retostada.
su pupila de aurora, dulcemente,
en ella se clavó como una espada.
tembló en el surco, palpitó en la nada
...y de la nada destiló una fuente! ...


IV


Tal el símbolo hermoso, el cuadro puro
que en la página blanca de la vida,
imprimió para el alma del futuro

aquel doliente soñador oscuro
que amó la tarde y perfumó la herida.


La caridad es esa fuente clara
que en la yerma aridez de los caminos,
brota cuando la suerte desampara
la vida de los tristes peregrinos.


Ella duerme en la pampa soberana,
en el hondo silencio de la idea,
y se vuelve una rútila fontana
cuando aparece en la existencia humana

el divino Rabí de Galilea.