Personajes de Táriba

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Nombre: José Ernesto Becerra Golindano
Ubicación: Táriba, Táchira, Venezuela

Blog elaborado y/o administrado por este Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales (UCABET, 1979), residenciado en Táriba, Municipio Cárdenas del Estado Táchira, en la República Bolivariana de Venezuela. Carrera 5 Nº 5-30, Tlfs. 0424 753 4227, y 58-276-3943720. joseernestobecerra@gmail.com y en twitter @joseernestob

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INDICE





20060310

Ilia Rivas Espinel de Pacheco Cárdenas


Poetisa y Novelista
Nació en Táriba el 25/04/1924, murió en Caracas el 29/05/1987
Desde 1915 la mujer intelectual tachirense alienta la verdad del empeño femenino, al señalar su vocación en la literatura Venezolana. es porque la Revista "Bloques", de Ramón Leonidas Torres, estimula la afición literaria de la mujer. Luego en La Grita Josefina Melani de Olivares, la conocida isaura, funda un periódico, tiene un ateneo familiar y publica sus primeros versos, todo lo cual anima a sus congéneres para dar vida a la cultura regional.En San cristóbal es promotora del ámbito femenino Esther Barrera Moncada, en el periódico de su padre "La voz del siglo", donde publica sus versos y después en Caracas, edita su primer poemario y es la ilustre mujer panamericana, Gabriela Mistral, quien la estimula con una hermosa y dignificante carta.
En nuestra alegre y simpática ciudad de Táriba, es Ilia Rivas de Pacheco, , quien como novelista y poetisa, cubre una labor cultural de dimensión nacional, pues luego de tarea intelectual y valiosa en el Táchira donde es Directora - Fundadora de la Biblioteca Pública y Presidente del Ateneo del Táchira, va a Caracas y allí realiza una obra excelente y dignificante en la cultura, pues luego de ser Subdirectora de la Biblioteca Nacional, es Presidenta de Fundarte , institución muy importante en el arte y la cultura nacionales.
Ilia Rivas constituye un valor regional de la cultura y es con Vicente Elías Moncada, Luis Eduardo Pacheco, Pedro Castrellón e Italo Ayestarán, sigularmente, afirmación civilizadora de la cultura tachirense, Ella merece, entonces, el recuerdo grato de la colectividad tachirense y el estímulo permanente de Táriba a su obra literaria, pues ella estimuló el talento de las poetisas y escritoras, las cuales con grupo importante de escritores, poetas y ensayistas, egresaron del célebre Grupo Zaranda, un movimiento literario que tuvo 17 años de fructífera actividad y fue dirigido por el poeta Antonio Mora, y el cual tuvo la diligencia ductora del Poeta Pedro Pablo Paredes y la poetisa Ilia Rivas.
Con inmenso cariño se conserva el recuerdo de su lírico discurso Discurso de Orden que pronunció en el Acto habido la noche del dia miércoles 11 de junio de 1980, al cumplirse los 50 años de la fundación del Club Sucre de Táriba.

Fuente: Folleto de la Junta de los 450 años de Táriba

20060309

Vicente Elias Moncada


VICENTE ELIAS MONCADA

O EL DOLOR DEL OLVIDO


Era un egoísta que no se
ocupaba sino de los demás.
Joubert.
La ilusión suele a veces ser cruel con el hombre que la sustento. El mar de sueños con que nacen determinados artistas, en muchos oportunidades deviene en continentes de nostalgia, amargura y dolor. Como la vida es tan compleja, tan extraña, posee para cada sujeto un destino diferente1 aun cuando tarde a veces en manifestarse.
Con el fino poeta tachirense Vicente Elías Moncada, algo de lo anteriormente expresado, le ha sucedido. De joven en su Táriba luminosa, regalaba a todos los comarcanos el don de su preciosa poesía. En noches de tibia bohemia levantaba su verbo coma una revelación de imágenes inesperadas, de sentidas metáforas, y lo iba repartiendo de boca en boca, como un aguinaldo de alegrías. Los años de adolescencia vividos tan intensa y poéticamente, le crearon cierto prestigio, no ya sólo en Táriba, sino en todo el Estado Táchira. Llegó incluso a ocupar el cargo de Registrador Principal de su ciudad natal. Durante esos años leyó mucho, captó maravillosamente cuanto se propuso aprender. De rápido ingenio y talento seguro, buscó en todos los ámbitos de la cultura, lo que más y mejor convenía a su sensibilidad. Su mayor hermandad espiritual fue con los poetas. Leyó a Rubén Darío y a Leopoldo Lugones, hasta llegar casi a convertirse en un poeta lugoniano.
Muchos otros autores contemporáneos a su vida adolescente le fueron familiar es. Su natural imaginación fue así dilatándole y madurándole en sentimientos el corazón. Ya se le conocía por antonomasia como “el poeta”. Hombre de tan tiernos sentidos como los que nacieron con Vicente Elías Moncada, fue doliéndose de cuanto veía o presentía, descubriendo la escondida espalda de cada cosa virgen como un sueño de niño. De piel desnuda al claro aire de la montaña recibió su impacto gozoso e impenitente, que luego extravertió en su poesía.

Cuando ya su personalidad no tenía nada más que pedirle a su radiante ciudad montañesa, la emprendió hacia la Capital con su liviano fardo de ensueños. La pupila briosa del tachirense sensible, fue acomodándose al nuevo espectáculo y buscando los hilos de amistades afines a su espíritu, muchas de ellas conocidas desde su inquietud tranquila de provin

cia. Por todos lados se le acogió con cariño y aprecio. Se supo estimar la alta espiga de su ideal poético. Se le invitó al regazo donde solían morar los poetas de entonces, en su totalidad, futuros grandes poetas. Eran todas gentes a quienes al correr de os años, se les conocería e identificaría como la generación del 18 ó 20. Para esos días, Vicente Elías Moncada era un joven apuesta e impecable en el vestir. Si no donjuanesco, por lo menos hombre pulcro, celoso de su personalidad exterior. Se le veía en todas los reuniones con su prodigiosa cabeza lírica. Poseía simpatía personal y mucho don de gentes. No era de las personas que se prodigan demasiado en el verso. Era parco en el escribir; pero cada poema que entregaba, estaba presidido por la perfección. cuidaba mucho del buen decir, no obstante la natural delicadeza con

que vino a este mundo, comenzó a sentir la nostalgia de su lejano rincón andino, que expresó en su poema titulado “Bruma”.
Este primer encuentro con la ausencia no logró vencerlo, sino más bien le estimuló en el ejercicio poético. Participante de las peñas literarias, dejaba escuchar en ellas el eco sonoro y armonioso de su verbo. Con modestia infinita recitaba el soneto que había escrito la noche anterior, sin pretensión alguna de inmortalidad. Le bastaba con saber que sentía hondamente cada cosa que llevaba al papel. Como era sincero consigo mismo, al mismo tiempo lo era con sus contertulios. Cada día crecía más el entusiasmo por su obra literario, que daba a conocer a través de “El Nuevo Diario”, o “El Heraldo”, redacciones donde era familiar y querida

su estampa humana y sencilla. Durante esos tiempos hizo gran amistad con Don Laureano Vallenilla Lanz, quien le acogió cariñosamente en las páginas del periódico que dirigía; así como con Carlos Elías Villanueva. Igual cosa sucedía con los otros diarios, donde solía publicar no muy a menudo su poesía. Como poeta esencial que era Moncada, sólo de escribir se ocupaba. Entre la alegría de su vida espiritual, solía asomarse de pronto el ojo de la inconformidad y la nostalgia, que el Poeta revelaba en sus versos. De ese tiempo es el soneto “Cabe el Surtidor”.

Compañero de Rodolfo.Moleiro, Jacinto Fombona Pachano Enrique y Julio Planchart, Luís Barrios Cruz, Emilio Menotti Spósito, Alejandro Fernández García, Miguel Villasana y demás poetas contemporáneos a su vida, supo de un recital que le organizaron en el Teatro “Capitol, sitio donde se hacían actos culturales diversos. Aquel día estuvo de fiesta el p

oeta. Una inquietud terca angustiaba sus palabras. Pensaba en la importancia y en el compromiso que aquel recital implicaba para con el público asistente. Al fin llegó el ansiado momento. Todos sus compañeros y extraños estaban allí para escuchar la voz del poeta. La presentación estuvo a cargo del fino y genuino Jacinto Fombona Pachano, quien dijo palabras de gran cariño, serenidad y justicia sobre Vicente Elías Moncada. Le exaltó con ese temblor que supo poner Fombona Pachano en su palabra y en su poesía. Como creía en la verdad del poeta que presentaba, la hizo sentir al público asistente. Luego surgió la vera efigie de Moncada, tarda, impecable, estremecida. Recitó bellas cosas que todos aplaudieron y gustaron. Aquel acto cultural fue como la consagración del poeta, su más inmediata y máxima aspiración. El éxito fue compartido con sus compañeros de grupos y las horas nocturnas

fueron testigos de la cordialidad y reconocimiento que les merecía el bardo tachirense.
Durante esos tiempos escribió un bello poema, titulado “Mariposa de Invierno”, al cual puso música el compositor Moisés Moleiro, composición que escuchamos cantar siempre a los orfeos venezolanos. Es una de las canciones más sentidas que posee el acervo musical nuestro, cuyo prestigio ha llegado hasta el exterior. Moleiro supo sentir con el poeta Moncada, la revelación de cada estrofa. Para ese entonces escribió también otros poemas, que aún se pueden repetir emocionadamente, entre ellos, el titulado “Esplín”.

Desde ese tiempo comenzó a sentir el poeta Moncada, que algo se le escapaba de su mente; la memoria. La fría mano de una amnesia parcial, empezaba a minarle, no sólo el recuerdo, sino también su corazón. Desde ese momento fue como apartándose de tod

os sus compañeros, como escondiéndose en si mismo, como escapándose de la mirada ajena. Fueron horas duras, sordas, mezquinas. El mismo poeta Moncada creyó en una posible locura. Los naturales problemas de su alma se tornaron más intrincados, más inexplicables, y empezó a olvidarse de si mismo. Entonces escribió su soneto “Abismo”, en el cual quiso explicar parte del mal que le estaba royendo sus sentidos.
Es este un soneto autobiográfico, a través del cual quiso explicar Vicente Elías Moncada, las terribles circunstancias anímicas que conllevaba tan conscientemente. Dolorosa verdad, angustiosa, humana. Fue casi el principio de su fin poético, a tan temprana edad de su vida. Con él se enmudecía uno de los más finos poetas de su época, cualidad reconocida unánimemente.
Cierto: alto poeta Vicente Elías Moncada, a quien la desmemoria

le tragó la expresión de su más tierno y hondo decir.


Hoy aún vive silencioso, descuidado en el vestir, monologante, tranquilo ante la muerte. Su nariz se ha tornado aguileña, muy aguileña; su vientre se ha duplicado, su mirada se ha desvanecido; algo de torpe temblor golpea sus manos y el sol de la poesía que le gusta, no se enciende para que él la escriba. Como ayer y como siempre, sigue aferrado al libro, preguntándole con ternura, cuanto debe decirle. De sonrisa espontánea, de andar inseguro, de hablar precipitado y suave, casi temeroso. Bondadoso como un sacristán de aldea, no tiene reproches para nadie, ni silencios maledicentes. Hoy como ayer, vive en poeta. Los años le han tratado mal, muy mal. Cuando apenas cruza la cincuentena, parece como si tuviera más de se

tenta. Algo de ancianidad prematura se descubre en su semblante como el de un cristo descuidado. Desde su escondite en la Biblioteca del Congreso Nacional, sigue viendo todo cuanto ocurre en su Patria. Desde el misterio de su vida, que a muy escasos revela, vive con nobleza y convencimiento del olvido, pero si nadie lo recuerda, él tiene tiempo y espacio para hablar de sus amigos de ayer, muchos de los cuales han de suponerlo incluso muerto. Su vivienda es una extraña vivienda que muy pocos conocen. Es tan rara su existencia que ha creado cierto encanto de leyenda en algunas gentes. En una oportunidad nos decía el portero de un Ministerio, que ese señor con quien íbamos, era un viejo riquísimo, que llevaba las ‘morocotas” soldadas a sus pantalones. Tal vez es ésta una leyenda misericordiosa, para evitar que se vaya a apedrear al poeta en una determinada circunstancia, porque la riqueza crea cierto fetichismo popular. Pero la verdad es que Vicente Elías Moncada sigue tanto o más pobre que antes

, aun cuando sí, dueño de una hermosa riqueza espiritual y habitante del gran palacio de sus sueños. Cuantos le vean discurrir por las calles caraqueñas, pueden suponerse que se trata de un pordiosero, pues su vestimenta parece una flor ajada. Si no fuese porque traduce un aire de superioridad en su semblante, daría la sensación más lastimosa de la vida. Milagro del espíritu, que permite alguna distinción a quienes lo llevan dentro de sí como una luz inextinguible.
Abogado de la república, graduado en 1940 en nuestra Universidad Central, nunca ha ejercido otra profesión que la de sus sueños, angustias y añoranzas espirituales. Ni siquiera se acuerda de quienes fueron sus compañeros de promoción, tan sólo retiene, y eso con dudas, el año de su graduación, cuando ya el poeta era un hombre maduro. La profesión de abogado en Moncada, sólo le ha servido para destacarle su humildad, y nada más. Si no fues

e por cierta altivez que le ha otorgado su cuidadoso cultivo del alma, bien se podría confundir al poeta con un mendigo que nada pide, sino que da, en cambio, la hermosa ilusión que nace de su tierno corazón de artista. Poeta de la memoria recobrada y de la esperanza, su esperanza, náufraga en el alegre transitar de la vida ajena.
Desde cuando conocimos al poeta, siempre nos acercamos para saludarle, para saber del escondido discurrir de su vida. Ninguna de las veces que le hemos visitado, lo encontramos con las manos vacías: siempre sostiene entre ellas un libro, una revista,

un periódico. Casi no deja oportunidad para el diálogo con su interlocutor, por no apartar sus ojos de la lectura, la que se convierte en Moncada en una fuga, en un escape de la tremenda realidad que le envuelve como un torbellino interminable. Esta preocupación permanente por leer, por informarse, le mantiene al día de cuanto ocurre en el escenario de la literatura venezolana. Conversa con emoción y cabal conciencia de autores y de libros, de poemas sueltos y artículos de prensa. La permanente soledad donde habita comúnmente Moncada, le permite un amplio conocimiento de nuestro diario acontecer intelectual.
No obstante su indumentaria y dejo físico, conserva un rostro un si es

no es optimista y una dulce sonrisa que no ha podido destruirle ni el dolor ni el tiempo. Sonríe —sus mandíbulas se desacostumbraron desde hace largos años a la risa— como un niño a quien se entrega un regalo navideño. Camina con dificultad, no tanto por los años, sino por los tremendos sinsabores que le ha ocasionado su vida; sinsabores que han provocado sobre su noble estancia corporal, no sólo una tarda humanidad, sino también una flagrante comparsa de amores rotos, de hondas querencias truncas. Como un despacioso y anónimo solitario discurre por las aglomeradas calles caraqueñas, donde se mueve como un ser de otra época y de un mundo distinto; lejos ya de ambiciones horizontales, sino inmerso en

su apagada verticalidad soñadora; hundido en el arcoiris de la ilusión. No obstante esta realidad aparente, el Dr. Vicente Elías Moncada es un ser, a fuer de distinto, tan real como las otras gentes; sólo que con un corazón más dulce, más lleno de congojas y envuelto por un hondo sentimiento poético y una modesta, humilde carne transitoria.
No pretendemos rescatar del olvido que hoy preside la vida del poeta Vicente Elías Moncada. Tan sólo nos ha animado a escribir este bosquejo sobre su existencia, el deseo de llevar hasta su alojamiento, donde tan sólo se escucha el rumor de su palabra —porq

ue el poeta tiene cierto pudor de hablar recio—, la simpatía que nos ha inspirado su poesía y el doloroso conocimiento de su sorda existencia.
Si no ha sido muy extensa la poesía escrita por Moncada, posee, en cambio, una gran belleza y una espontánea sonoridad interior. Su verso bien merece el recuerdo y la gratitud de sus compatriotas, por la sinceridad, el desinterés y el alto vuelo lírico que signan el contenido de su poesía. Vicente Elías Moncada, a la par que un poeta genuino, es un hombre olvidado, y ambas expresiones de su ser, coinciden en la fe y el amoroso desprendimien

to con que siente a su Patria.

José Cañizales Márquez.

Caracas, 1959.

Tomado de “La Parábola de la Fuente”, BATT, Nº 34, 1963

La Parábola de la Fuente
(Vicente Elías Moncada, Táriba 1915)

I

El sol abría a lo lejos,

-como un estuche de sangrientas fraguas-,
el gemario ideal de sus reflejos,
y quebraba su lumbre en los espejos
luminosos y tersos de las aguas.


Era la hora en que sublima y canta

la apoteosis de la luz, el día!
Hora en que el fuego de la Tierra Santa
entre los hornos del confín. hervía...

II
En un recodo del camino estrecho,
desgreñados y atónitos y mudos,
tres niños descansaban sobre el lecho
de unos troncos añosos y desnudos.


Un tinte de violeta.
esponjado en los labios ateridos,
aquel enigma de emoción secreta
dejaba traducir a los sentidos.


Tenían sed.


Y la cuesta era muy ruda...
El áspero camino era muy largo...
No venían unas manos en su ayuda...
Y ya la muerte -
-en actitud señuda –
les daba el néctar del postrer letargo.

III

De pronto, en las quietudes del ramaje
hubo un sacudimiento de canciones,
un romántico y trémulo desgaje
de cadencia, disuelta en homenaje
sobre aquellos inermes corazones.

Por los blancos caminos de Samaria,
de aquel terruño bíblico y divino,

descendiendo la cuesta solitaria,
un hombre apareció.


Era el Rabino.

Traía las sandalias desgarradas.
la cabellera suelta sobre el hombro,

y una muda pregunta en las miradas
de tristeza, de apóstrofe y de asombro.

Sus pasos redentores
encaminé hacia el sitio donde estaban
devorando capullos los dolores;
y granes y dolientes reposaban

aquellos pequeñuelos

que caricias y bálsamos y amores
querían desprender del cortinaje
majestuoso y arcano de los cielos.


Como un esmalte de cristal celeste

su mirada bañó las lejanías,
la faz rugosa del camino agreste,
los sauces grises y las peñas frías.


Después. su mano suave
acaricié las blondas cabelleras,
como acaricia la canción del ave
el mutismo floral de las praderas.


Y al mirar la llanura retostada.
su pupila de aurora, dulcemente,
en ella se clavó como una espada.
tembló en el surco, palpitó en la nada
...y de la nada destiló una fuente! ...


IV


Tal el símbolo hermoso, el cuadro puro
que en la página blanca de la vida,
imprimió para el alma del futuro

aquel doliente soñador oscuro
que amó la tarde y perfumó la herida.


La caridad es esa fuente clara
que en la yerma aridez de los caminos,
brota cuando la suerte desampara
la vida de los tristes peregrinos.


Ella duerme en la pampa soberana,
en el hondo silencio de la idea,
y se vuelve una rútila fontana
cuando aparece en la existencia humana

el divino Rabí de Galilea.



20060210

Italo Ayestarán

Nació en esta ciudad de Táriba el 14 de julio de 1914 y falleció en Caracas el 10 de Octubre de 1990, con una edad de 76 años. En su amor a esta su ciudad nativa se destacó por su obra “Táriba en la Historia del Táchira, editada en 1951, y como Orador de Orden en la Sesión Solemne que en el Club Torbes realizó el Ayuntamiento de la Ciudad el sábado 31 de octubre de 1981, dentro de los actos conmemorativos por el Centenario de la designación de éste Distrito con el nombre de Cárdenas. También fue el Orador de Orden en el Acto Público que en la Plaza Bolívar citadina realizó el Concejo Municipal de esta entidad el 24 de julio de 1983, con ocasión del Bicentenario del Nacimiento del Libertador. Al igual lo hizo a nombre de su lar nativo y en Caracas, en en Salón Especial de la Gobernación del Distrito Federal, en la mañana del 29 de mayo de 1987, en el Acto para rendir honores a la señora Doña Ilia Rivas de Pacheco Cárdenas, ante su deplorable fallecimiento y previo al traslado del cadáver para inhumarlo en Táriba.

Don Italo fue hijo de la Señora Mercedes Ayestarán, oriunda de Táriba y Dama vinculada al ilustre procer de la Independencia Comandante Toribio Ayestarán, Padre de la Señora Doña Isabel Ayestarán Armenteros, esposa del Dr. Santiago Briceño, y familiar valientes Comandante Francisco Ayestarán Armenteros y Coronel Esteban Ayestarán Armenteros, este último allegado familiarmente tanto a la Señora Madre del distinguido caballero y profesional Maximiliano Vasquez Ayestarán y a la Señora esposa del recordado J. J. Mora Figueroa, destacado tachirense fallecido. Y según lo anota Don Italo en las páginas 104 y 105 de su libro, su padre fue el Señor Don Atilio Paolini, Fotógrafo, Pintor, Dibujante y persona socialmente muy apreciada.



Fuente: Folleto de la Junta de los 450 años de Táriba

20060209

Belisario Rangel

Pintor y escultor.
Nació y falleció en Táriba (27/07/1889-05/11/1965)
A las 4 am. fue la hora de su nacimiento y a las 2 am. la de su fallecimeinto. Hijo de Margarita Rangel, fue bautizado con el nombre de José Belisario el 04/08/1889 actuando en la ceremonia el Pbro. Dr. Ezequiel Arellano, titular de la Parroquia de Nuestra Señora de la Consolación, siendo sus padrinos Pedro Lorenzo Ortiz y Carmen Labrador. Murió en el Hospital San Antonio de Táriba conforme a certificación expedida por el médico Dr. César D. González R. y previamente fue auxiliado con la penitencia, la Comunión y la Extremaunción administrados por el Párroco de entonces Monseñor Alejandro Figueroa Medina. Don Belisario fue el último de sus hermanos nombrados Elvia, Domingo y Enriqueta. En el año de 1910 fue becado para estudiar en la Academia de Bellas Artes de Caracas donde tuvo como profesores a Cruz Alvarez Gracía y a Herrera Toro. En 1912 estudió en españa, en la Academia de Artes Plásticas; El Salón Artístico de Escultura lo contó como aprovechado alumno y allí fue compañero de armando reverón y Rafael Monasterios. Viajó a Paris deonde cultivó amistad con Tito Salas quien admirando sus condiciones le sugirió continuar allí sus estudios. Por la problemática de la Guerra mundial regresó a Barcelona de España, desde donde regresó a Caracas donde realizó un busto del Libertador. Una de sus esculturas que le conquistó gran fama fue mencionada La Taza Rota. A tiempo de morir se ocupaba en una Escultura del Mariscal de Ayacucho para el Club Sucre de Táriba, pero deplorablemente no se tienen noticias del destino de estas obras. En el hogar López oliver de su terruño, el dr. Alberto lópez Cárdenas nos relata que desde 1924 existen nueve frescos de Rangel, en el área del comedor de su residencia. En esta obra del artista rangel se observa el dominio de la pintura realista con gran oficio plástico, técnica de materiales y sobre todo un gran virtuosismo dentro del análisis de la forma y del detalle. Este gran escultor taribense fue un pintor sobresaliente que se formó en Escuelas Europeas, expresó una gran técnica e idealismo y su obra nos deja testimonio de su existencia, de su genio y de su calidad humana.

Fuente: Folleto de la Junta de los 450 años de Táriba

20060106


PALABRAS CON MOTIVO DE LA MUERTE DEL DOCTOR PEDRO MARINO RIVERA DAZA, PRONUNCIADAS POR EL LICENCIADO TIRSO SANCHEZ NOGUERA, EL 5 DE ENERO DEL 2006 EN LA BASILICA DE NUESTRA SEÑORA DE LA CONSOLACION, DURANTE LA MISA POR EL ALMA DE TAN INSIGNE CIUDADANO.




“El vacío que ha dejado no se puede llenar sino con lágrimas”.




A nuestro excelente amigo, el Dr. Marino Rivera, quien reposa como bienaventurado en los gloriosos predios de la eternidad, puede decírsele esta frase que el gran Cecilio Acosta le dijera, en momentos como este, a su maestro y ductor, el Doctor Mariano Fernández Fortique. Si, sentimos el vacío profundo del hombre, del amigo, del hijo, del esposo, del padre, del médico, del maestro, del ciudadano, del trabajador. Y como en la dolorosa hora del infortunio, lo dijera Cecilio Acosta, solo las lágrimas pueden llenar semejante vacío. Alguna vez el sueño de nuestra vana esperanza, nos hizo pensar en la ilusión de tener a nuestros seres queridos para siempre. Que aquellos hombres buenos, que aquellas mujeres buenas de nuestro pueblo tuvieran una vida tan larga, que pareciera sin fin. Almas así, con la maravillosa magia de hacedores del bien las quisiéramos tener para siempre. Por eso, tanto las sentimos, cuando la impiedosa parca, se las lleva de nuestro lado y con ellas nos vuelve pedazos a nuestro pobre corazón. Con la muerte de este amigo sincero, nuestras pupilas se han humedecido con abundantes lágrimas de dolor, y nuestro lacerado corazón, solo emite latidos de pesaroso sentimiento.

Cuantas viejas amistades supo Marino cultivar desde los años de la infancia. De aquellos lejanos días de las calles empedradas, de las casas de teja y de las paredes almagradas, vino nuestra sincera amistad, rayana en familiaridad. Habitábamos en sendas casas, separadas por cercas de cañabrava, pero unidas por la confianza, el respeto y la armonía de aquellos felices días antiguos cuando en las familias reinaban verdaderos sentimientos de amor, concordia, comprensión y paz. Esta amistad digna y respetuosa, este enlace de amor fraternal entre dos familias con similares necesidades de subsistencia, sentó armónicamente las bases para considerarnos siempre amigos a través del tiempo. Basado en esta conservada amistad y fraternidad, el Ingeniero José Manuel Rivera, hermano del esclarecido personaje de quien hacemos memoria esta noche, me encomendó pronunciar estas palabras. Y lo pidió en nombre de sus hermanos Miguel Alberto, María Elena y Aura María Rivera y demás familiares (sobrinos y primos). Constituye honor para mí, despedir en nombre de un pueblo agradecido, a tan magnífico servidor de la gente. Es, al mismo tiempo, triste decir adiós al excelente amigo de los años infantiles.

Honorable familia del Doctor Marino. Dignísimos amigos de este ilustre difunto. Hay una sentencia que la escribe el excelentísimo Monseñor Dr. Arturo Celestino Álvarez en sus cartas pastorales. Ella expresa: “El hombre nació para trabajar, como el ave para volar”. El precioso don de la vida que Dios le dio al Dr. Marino, lo utilizó en el trabajo constante de un servicio permanente al prójimo, de modo singular a la mujer en la gestación y a la madre en el difícil momento del parto. Todas las horas eran buenas para dar testimonio de su dedicación y vocación por el trabajo. Era como un ángel en permanente vigilia. La noche lo encontraba como insomne centinela. Con la sonrisa del buen galeno, saludaba los largos y aburridos minutos nocturnales. El sacrificio lo hacía por amor al trabajo, por amor a la parturienta, por amor a la madre, por a mor al niño.

Esta vida utilizada en favor del prójimo, fue también una vida consagrada al servicio de Dios. Y fue así, porque Marino en su profesión practicó la caridad. Y en esta forma cristiana de amar de verdad al semejante, amó asimismo al autor del Amor, que es Dios.

¿No es, en verdad, sentir la vocación y el amor al prójimo, cuando para cumplir a cabalidad con su deber de obstetra, dormía en en humilde cama en la propia Maternidad de Táriba?. ¿No es también caridad, cuando en noches lluviosas venían del campo parturientas embarradas que eran atendidas gracias a sus órdenes?. Ahí brillaba con esplendidez el sentimiento humanitario de un hombre, todo caridad para los demás.

Dijimos que esa amistad se había cultivado con raíces que venían de lejos. Hace 25 años, en sus Bodas de Plata Profesionales, anotamos en folleto de ocho páginas, algunos aspectos del día de de su graduación, de su familia, de su profesión. En este tiempo, junto con mi esposa e hijos, escribimos que nuestros sentimientos son:

Para el médico, sapiente servidor, en los críticos momentos de la incertidumbre. Para quien sabe compartir la preocupación en los instantes difíciles. Para quien ayuda, con luz y sabiduría, a hacer que la vida siga en vida. Para la gentileza del amigo, la sapiencia del galeno y la virtud del hombre. Para que llegue al al ángel en vigilia nuestra gratitud y la gratitud de otros. Para que su felicidad sea la de su mamá, también la de su esposa e hijos, de sus familiares y de sus amigos. Para que sienta a su lado el cariño sincero de los que saben apreciarlo. Para que Dios, Amo de todas las cosas, le conserve siempre la salud y el coraje para que siga sirviendo a su pueblo. Estos sentimientos formaban parte del pensamiento colectivo, respecto a un hijo del pueblo, inteligente y capaz, que desde su cuna humilde se había encumbrado, siempre con sencillez, hacia la cima de los nuevos valores donde se honraba la memoria histórica y cultural de destacados ciudadanos del glorioso pretérito taribense. Tuvimos el honor de haber sido honrados todos su coterráneos, a través de la útil existencia de un hombre que pudo servir a su pueblo desde su extraordinaria obra, diversificada en facetas como: educador ad honorem, médico ginecólogo y obstetra, servidor público en el antiguo Concejo Municipal del Distrito Cárdenas, expositor de trabajos científicos, ganadero, administrador.

En cada una de estas facetas dejó valiosísimos aportes de su propio corazón, porque todo lo hacía con la maravillosa virtud de la eficacia para el servicio provechoso a los seres humanos. En este sentido, Marino fue el padre providente que velaba en la hora triunfal, o9 en la menguada, por la felicidad y el bienestar de todos. Habiéndolo conocido en su dimensión humana, como ya dijimos, puedo decir, sin vano elogio,. En este sagrado recinto de la Patrona, Nuestra Señora de la Consolación, que Marino Rivera Daza vino a este mundo a realizar el bien. Que hermoso y que grandioso, a la vez, poder decir también aqui, en esta hora solemne, en este augusto templo, consagrado a la oración a Dios y a su Santísima Madre, que Marino Rivera Daza no ocasionó, deliberadamente, molestia ni daños a nadie. Por él, ninguna persona tuvo que enjugar sus lágrimas. Tuvo por evangelio de su misma vida, la práctica de la bondad. En él, todo instante del día o de la noche era bueno para el eficiente servicio a cualquier ser humano.

Este Pedro Marino, el de la caridad ambulante, dio ejemplos como apóstol hecho de amor. A nadie dejó con esperanzas frustradas. A ninguna persona dejó con la mano tendida, ninguna petición se quedó sin respuesta. Ejemplos y testigos de su humanitario proceder, son incontables. Cuando la madre y su criatura no tenían como regresar a su hogar, el bolsillo de Marino se abría para la dádiva oportuna. Lo mismo para compra de medicinas y de cosas de urgente necesidad. No podía actuar de otra manera, quien por propia voluntad había tomado para sí el importante cargo de Ángel Tutelar de la Maternidad. Que bella tutela la de este ángel singular. Cuando los recursos económicos no fueron suficientes (y nunca lo fueron), tal vez era por lo que enseña un proverbio árabe, que dice: “El hombre de buenos procederes tiene por enemigos naturales a todos aquellos que proceden mal”., el ángel abría otra vez el mismo bolsillo. Así sucedió una y mil veces. ¿Por qué paralizar una Institución del pueblo, un servicio noble a la madre y al niño?. En sus manos jamás sucedería, porque allí despierto y vigilante, estaba el Padre de la Maternidad, como lo expresamos en una ocasión. Allí mismo en el consagrado recinto de la madre y del niño. Tampoco faltó la leche, pues las hermosas vacas de Marino la daban en abundancia para su segundo hogar, la Maternidad de Táriba, obra que retrató de cuerpo entero la magnificencia de su corazón.

Terminemos diciendo que este sincero amigo de toda la vida, tuvo la dicha, como cristiano, de recibir los auxilios espirituales. Asi murió, preparado para el largo viaje hacia la eternidad, donde Dios lo premiará por tanto amor al prójimo. Dr. Marino, Feliz Año en el cielo.



Publicado en Diario Católico el 11/01/2006

Marino Rivera Daza

J.J. Villamizar Molina *


Hay seres que nacen predestinados para regar con su mano a su paso por la vida las excelencias del bien. Fue uno de ellos el doctor Marino Rivera Daza que transitó el camino de los seres humanos ejercitando la bondad, la nobleza, la caridad, la obra concisa y sabia y los dones más preciados que ha encomendado el creador a la acción y palabra de los hombres. Los inmensos beneficios que él derramó por el camino de su existencia no se pueden medir con el cálculo común. Porque en la gran mayoría de los casos que se relacionaron con su proceder los hechos se pierden de vista. Muchos acontecimientos pasaron desapercibidos y hasta incomprendidos. Nadie en el Táchira es capaz de medir en su justa y extensa dimensión la obra humanitaria, caritativa, desprendida, dinámica y jamás cobrada en dinero del doctor Marino Rivera Daza. Esta actitud toma dimensiones extraordinarias en los tiempos actuales cuando en muchas partes del mundo se asiste a una desconsiderada mercantilización de la medicina. Puedo decir, sin temor a equivocarme, que no hay un solo hogar en el Táchira al que Marino Rivera Daza no haya prodigado sin medida sus dádivas amabilísimas y reconfortantes. Estas fueron la atención y esmero para una feliz maternidad; el contribuir al rostro radiante de un niño iluminado de sonrisas; la afabilidad afectuosa y desinteresada por una parturienta cuyo marido no podía pagar la consulta o los honorarios del parto y el auxilio oportuno cuando éste se planteó en difíciles circunstancias de emergencia, de necesidad y de pobreza. Marino poseyó inmensas riquezas en su alma y siempre, comprensivo y humanitario, las distribuyó entre los menesterosos y desposeídos. Nunca ambicionó al pago -como meta primordial de su profesión por los servicios- así como cualquier retribución personal. Él hacía el bien sin mirar a quién. Fue un médico magnánimo, sencillo y pronto a llevar el lenitivo de la vida y del amor a quien estuviera depauperado, miserable y desamparado. El Todopoderoso tiene que estar retribuyéndole al uno por mil todas sus obras y acciones ofrecidas con desprendimiento y con sólo el alto ideal del amor al prójimo. Dudo que el Táchira haya retribuido con justicia el inmenso desprendimiento de sus actos. Fue médico gineco-obstetra y como tal cirujano, pediatra y puericultor. Fue pues, un alto ejemplar de la ciencia y la ilustración. Eso quiere decir que se portó como un sabio y un hombre ilustrado y que puso toda su sabiduría y toda su ilustración al servicio de su patria y de sus semejantes. Por ello fue declarado por la Municipalidad del Distrito Cárdenas <la Ciudad de Táriba>> y <la Ciudad de Táriba>>. Su condición de ciudadano siempre proclive al logro de la felicidad de su tierra y comunidad fue demostrada eficientemente en su carácter de Concejal. Fue pilar fundamental y presidente de Fundahosta, a la que enalteció con su incansable labor médica y con su disposición en la organización de sus actividades, así como con la seriedad de sus trabajos científicos. El Hospital Central de San Cristóbal, la Maternidad de Táriba y Fundahosta, así como su consultorio particular fueron los campos de su acción médica, benéfica y profesional. Y pudiéramos decir que el mismo interés y el mismo afán por mitigar el dolor se irradió ensu prontitud hasta con los animales. Fue en este sentido un gran cirujano veterinario. Ayudó muchas vece los animales que sufrían, especialmente a las es de su ganadería a tener partos exitosos para salvar vida de los frutos de sus vientres. Por ello la acción de Marino Rivera Daza es extensísima e sublime. Jamás quiso premios, honorificaciones, retribuciones o donativos. Solamente la única vez que le vi en estos actos de retribución fue en uno ofrecido a los Hijos Ilustres de la Ciudad de Táriba También supe que en ocasión de sus Bodas de Profesionales asistió junto con notables profesionales de la localidad a un acto académico ofrecido. por la Universidad Nacional Experimental del Táchira. Él estaba por encima de todas las distinciones. Muchas veces fue invitado por la Junta Directiva de la Academia de Medicina del Estado Táchira para que formara parte de nuestra institución. Pero con palabras muy respetuosas y agradecidas rehusó el honor.
El Táchira ha perdido en el doctor Marino Rivera Daza a uno de sus grandes hombres. A la humanidad se le fue uno de sus más puros y eficientes representantes. Pero su nombre queda escrito
en páginas de nuestra historia con letras de oro. Y la historia nunca se equivoca.

* Cronista de la ciudad de San Cristóbal, Secretario Perpetuo de la Academia de Medicina, Decano de los Cronistas de Venezuela